Brasil venció a Chile por 3-2 en los penales luego de empatar 1-1
durante los 90 minutos. Julio César, el héroe, y Neymar, el ausente.
Se habla de jugadores estratosféricos, ubicados en escalones
superiores por las inmensas cantidades de dinero que poseen en sus cuentas
bancarias. La presión localizada en el Estadio Mineirão se percibía desde el sillón, observando la pantalla del televisor.
El clima festivo del himno, con el emocionante canto a capela, y el incentivo
del 1-0, fue menguando al compás de los minutos. El 1-1, el paso del tiempo, la
incertidumbre e inferioridad, el imaginarse eliminados, y una cantidad incuantificable
de condimentos, abstrajeron a esos jugadores millonarios de todo tipo de
contexto extrafutbolístico. Se situaron allí, en su habitualidad, con el anhelo
de que el gol llegue sin siquiera tener que elaborarlo. El nerviosismo se
contagió y se sintió. No fueron necesarios los silbidos o los murmullos. La
atmósfera del Mineirão explicó la
presión de los jugadores brasileños: el llanto desconsolado de Neymar, al
finalizar los penales; el desahogo de David Luiz, para estrecharse en un abrazo
con el crack, y rezar en el medio de un estadio inmerso en algarabía y
alivio; los ojos rojos y empapados de Julio César previo a la definición,
sabiendo la enorme responsabilidad que tenía en sus manos.
Por eso fue tan importante. Por eso el mundial en
tierras brasileñas es un arma de doble filo. El peso de la gente, el insoportable
pensamiento de saber que un segundo puesto será despreciado, y esa cuota de la
historia, del tan mal recordado Maracanazo, cargando sobre las espaldas de
estos jugadores que nada tuvieron que ver con aquel 1-2 de 1950.
Hoy, los jugadores de Brasil se desprendieron de
una mochila que incrementó su peso de acuerdo al correr de los minutos. El
respeto hacia Chile fue constante, tanto en la previa como durante el partido.
A pesar de ello, Brasil tiene algo más en los mundiales que lo catapulta
a cuartos de final, a pesar del mal juego, de la carencia de estilo, del
desorden defensivo. Las cuestiones tácticas aminoran su trascendencia en
cotejos de semejante presión. Dani Alves y Marcelo fueron vistos, en más de una
oportunidad, dentro del círculo medio. Luiz Gustavo se situó como tercer
central. No entre ellos, sino al costado, en algunos pasajes. Neymar se ausentó
y manifestó dolencias físicas. Fred mantuvo la línea de la zona de grupos. Jo
no incomodó. ¿Oscar? Y Hulk, el único rescatable de los 90 minutos, se impuso y
logró lo que pocos: jugar bien en un equipo que lo hace mal. En la definición,
Julio César fue todo y Neymar despejó a los futuros críticos.
Brasil puede no jugar bien, no encontrar una idea,
ser desordenado en defensa… Pero siempre será Brasil. No por nada es el país
con mayor cantidad de mundiales en su historia.
Clasificó, con lo justo, pero lo hizo. Hoy, Brasil
se quitó una mochila y está, una vez más y como sucede habitualmente, entre las
ocho mejores selecciones del mundo.
Por Matías Adami @matiadami2.































