Boca venció
1-0 a Deportivo Capiatá y se clasificó por medio de los penales gracias a la enorme
actuación de Agustín Orión. Ejecutó, y atajó dos.
Cambio de
sistema pero idea igual. Rodolfo Arruabarrena pasó del 4-3-3 que utilizó en
todos los partidos desde que asumió en Boca al 3-4-3 con tres zagueros
naturales como Chiqui Pérez, Lisandro Magallán y Juan Forlín. De ellos, uno
cumplió una función doble: Forlín se insertó entre los dos centrales sin pelota
y asomó a la hora de tener el balón para posicionarse como mediocampista
central. Gago fue siempre el primer pase y su retraso en la cancha generó dificultades
en la generación de juego, como había sucedido en la ida sin su presencia.
Los jugadores
estuvieron dispersos. Calleri se alojó entre los centrales, recibió balones
largos y rasos que tuvieron un pique sumamente defectuoso por el pésimo estado
del campo de juego. Fuenzalida pareció ser, a priori, el jugador que más
entendió el partido y el que más logró gravitar por la banda. Colazo se
entrometió en el circuito interno y abandonó el carril, que intentó ser
aprovechado por Carrizo o Chávez; ambos estuvieron imprecisos.
Capiatá dejó
a Escobar como único punta e incrementó la cantidad de atacantes en los
contraataques que permitió Boca. Aceleró y, en algunas ocasiones, incomodó a
Orion, que concluyó el partido sin grandes sobresaltos.
Afirmar que
el planteo de los paraguayos fue “inteligente” sería irrisorio. Fue, sin más,
defensivo. El antiguo “derecho de los débiles” de acumular jugadores en zona
defensiva para disminuir las posibilidades de acceso de su rival prácticamente
sin gravitar el arco del rival y dejándolo a 50 metros de distancia, está lejos
de ser un planteo “inteligente”. Se aproximó en escasas oportunidades al arco
de Orión pero no logró inquietarlo. El equipo del Vasco generó situaciones, y
varias, pero la falta de puntería de Carrizo, Chávez y hasta el propio Gago
rematando de larga distancia, hicieron que el buen arquero Antonio Franco no
tuviera que lucirse como lo hizo en la Bombonera.
El punto de
inflexión en el partido fue la expulsión de Gustavo Velázquez a los 19 del
segundo tiempo. Esa barricada imposible de derribar se retrasó aún más, hasta
introducirse dentro del área propia. Rápidamente ingreso Juan Manuel Martinez y
el desequilibrio por la izquierda se hizo incesante. Una y otra vez, con desbordes
y envíos laterales, agregando a Colazo como ejecutor. Uno de ellos, terminó en
la punta izquierda del pie de Chávez y en el posterior zurdazo de Calleri que,
con el travesaño de cómplice, marcó el 1-0 que igualó la serie.
Desde los 28
hasta los 45, fue una ceremonia de demoras por parte de los jugadores de
Capiatá. Con uno menos y resistiendo los embates del conjunto xeneize,
comenzaron a simular lesiones, demorar los saque de banda y ensuciar el
partido. El tiempo corrió, y tras los escuetos tres minutos de adición que dio
Wilmar Roldan, el partido se tradujo a la definición por penales.
Gigliotti,
Gago, Chávez y Orion cumplieron; Pérez y Colazo fallaron. Orion se agigantó y
detuvo dos, sumado a un remate por encima del travesaño.
Boca se sacó
una mochila pesadísima de encima. ¿Por qué? Por la jerarquía del rival. Jugar
contra un equipo débil y sumamente inferior elabora una obligación irrevocable
de victoria. Más que contra un equipo similar. Sumado a las habladurías
semanales y la chicana que implantaron algunos de los jugadores de Capiatá, el
partido se tornó en una necesidad imperiosa de evitar el fracaso y, con dificultades, lo logró.
Boca fue más
que su rival que solo atinó a defenderse, pero lejos estuvo de realizar una
buena serie. La próxima semana, se enfrentará al Cerro Porteño de Leonardo
Astrada, un símbolo riverplatense. No quedan más palabras, solo resta el buen
fútbol por desplegar.
Por Matías Adami @matiadami2.
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