Boca terminó
el partido correspondiente a la fecha 7. Del 1-0 de aquella tarde lluviosa, al
1-2 en un día con un clima similar y complicaciones parecidas. El doblete de
Bou le quitó a Arruabarrena los tres puntos.
33 minutos
que auguraban un encuentro jugado a máxima intensidad. El Vasco sostuvo la
necesidad imperiosa de disputar el partido de igual a igual, en busca del
segundo, pero manteniendo el equilibrio. Cocca, en la vereda de enfrente, supo
que debía ir desde el primer momento por el empate. Lo logró, y eso modificó
todos los planes.
El gol en el
amanecer de la reanudación fue un golpe letal. De allí en adelante, Boca fue
desesperación y desconcierto, que siempre trae como consecuencia el desorden.
Se apuró para todo. Desde un lateral defensivo, hasta para resolver en ataque.
Jugó 28 de los 33 minutos del partido como si solo restaran cinco. Después del
segundo impacto -el cabezazo de Bou-, todo se fue por la borda y la impaciencia
incrementó aún más. Movimientos sin sincronización, un mediocampo que presionó
sin el adelantamiento de la última línea y los delanteros incapaces de enhebrar
situaciones. El único punzante fue, otra vez, Chávez, que tuvo sus situaciones
y no las concretó.
De allí, las
variantes improductivas. Martinez por Carrizo, Fuenzalida en lugar de Marín y
Gigliotti por Erbes. Todos al ataque. El segundo tiempo fue una sinfonía de
pelotazos frontales al área buscando conexión con Gigliotti o Calleri. La
desesperación tiró por la borda la filosofía del Vasco, que se incorporó a esa
atmósfera y terminó siendo expulsado por Beligoy tras un improperio.
Fue todo
desconcierto. El césped estaba mojado, pesado y no eran las condiciones más
propicias para jugar como pretende el cuerpo técnico xeneize. Abusó del
pelotazo. Nadie se quiso asociar. Martínez estaba de wing izquierdo aguardando
por envíos cruzados; Chávez, Calleri y Gigliotti esperaban en el área; y Fuenzalida
se incorporaba al ataque por la banda derecha, enviando centros desde tres
cuartos.
Boca se
desesperó más de la cuenta. El gol recibido tiró todo al diablo. Fue como si no
hubiera un plan para reponerse de la igualdad que fue, lógicamente, inesperada.
Al tren del desconcierto se subió Arruabarrena. Ese fue su fallo principal. El
equipo debió mantener la calma. El público que concurrió a la Bombonera empujó
con murmullos y el griterío característico de “tirala al área”. Faltó
parsimonia; esa que emerge en los grandes equipos.
Este Boca
está en formación y la principal tarea del cuerpo técnico será sostener su idea
a pesar de dos partidos de rendimientos apáticos. Debe evocar al equipo que
venció a Vélez o al mismo que apabulló a Central. Para ello, habrá revancha el
domingo contra Quilmes, otra vez en casa.
El campeonato
está lejos, es cierto. 10 puntos son mucho. Más, después de cuatro derrotas en
ocho fechas (a pesar de que no pertenecen a este DT). La propuesta será ir
partido a partido, no pensar más allá, y enfocar la mayoría de las fuerzas en
la Copa Sudamericana. Aunque, como afirmó el Vasco, “en Boca no podes regalar
el campeonato”.
Paso atrás.
Ahora, hay que confirmar la idea. Los 33 minutos fueron lo peor del Boca de
Arruabarrena porque hoy, en la Bombonera, reinó la desesperación, que jamás es
buena consejera.
Por Matías Adami @matiadami2.























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