Boca le
hizo un gol a Belgrano de Córdoba y ganó 1-0. El partido fue muy malo y los de
Bianchi volvieron a decepcionar futbolísticamente. Ni el cabezazo de Gigliotti salva
al equipo.
El pelotazo
se ha transformado en un estilo de juego, en una ideología. El jugador del
fútbol argentino, en su mayoría, tiene incorporado el bartoleo del balón con
destino incierto o poniendo en riesgo la tenencia. Con la pelota en los pies,
la acción inconsciente es levantar el mentón, divisar una camiseta similar, y
mandar a volar el esférico por los aires buscando la tarea difícil que implica
que un delantero deba controlar con un hombre que lo asfixia desde atrás. Que
el pelotazo se haya transformado en una filosofía habla del presente del fútbol
local. Se habla también de la “segunda jugada”, un derivado del pelotazo.
Boca
comenzó el Torneo de Transición y tras las dos primeras fechas disputadas, se
atisbó una diferencia diáfana respecto del campeonato anterior. El abuso del
pelotazo. Los baluartes de este sistema, contra Belgrano, fueron Hernán Grana y
Nahuel Zárate; contra Newell’s, se sumó Lisandro Magallán. Una constante e
imprecisa costumbre que daña a cualquier equipo con jugadores capaces
técnicamente. La interrogación que emerge es: ¿lo pide Bianchi? Quizás solicita
evitar complicaciones que peligren el bloque defensivo, pero se percibe un
hábito peyorativo e incorporado que impide un juego fluido. Hay compañeros
libres y de acceso sencillo, pero se opta por el balón largo en busca de los
solitarios delanteros que no cuentan con la incorporación de los volantes
porque, lógicamente, la pelota viaja mucho más rápido.
De esto
se hizo un culto. Una constante durante el partido. Emmanuel Gigliotti no logró
ganarle una vez a los centrales de Belgrano y la pelota estuvo deambulando por
el mediocampo sin destinatarios nítidos ni manejos claros. El gol fue
anecdótico. Provino de un centro del mejor jugador de Boca desde el comienzo
del semestre, Federico Carrizo, para Gigliotti, que aprovechó la desatención de
Pier Barrios y estampó una injusta victoria. El empate era lo correcto en un
partido que generó dolor de ojos a todos los espectadores.
El 1-0
en Córdoba sirve para entrenar con otra actitud anímica, con una sonrisa y
mayor tranquilidad. Boca no suele ganar jugando mal. Esta vez, Agustín Orión le
ahogó el gol a Cesar Mansanelli y Carlos Olave no pudo con el cabezazo del 9
xeneize. Por eso, a pesar de jugar mal, hay un retorno con muecas de felicidad.
Mientras
los laterales xeneizes continúen haciendo uso constante del pelotazo, será difícil
que Boca logre hilvanar buenas actuaciones que permitan un futuro promisorio y
alentador. Para los defensores, desde donde deben comenzar los ataques, ¡que
viva el pelotazo!
Por Matías Adami @matiadami2.























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